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viernes, 25 de diciembre de 2015

AMOS OZ

Ediciones Siruela
Novedades diciembre 2015
Siruela Narrativa

Siruela
Biblioteca Amoz OZ 5

Traducción: Raquel García-Lozano
256 pp. Rústica con solapas
IBIC: FA
ISBN
: 978-84-16465-15-6
PVP: 19,95 €
PVP ebook: 9,99 € 

EMPIEZA A LEER

«Escribo porque las personas a las que amaba han muerto. Escribo porque cuando era niña tenía una gran capacidad de amar y ahora esa capacidad de amar está muriendo. No quiero morir». Así comienza el relato en primera persona de Jana, la historia de un matrimonio y de su ruptura. En la universidad conoció a un geólogo, Mijael Gonen, se casó con él y, poco a poco, una enrarecida distancia se abrió paso entre los dos.
Con rara habilidad, el autor logra captar los mínimos matices del carácter y del sentimiento, saca a la luz, con lucidez y delicadeza, los motivos de la frustración y del sufrimiento, y llega al origen del progresivo encerrarse de Jana en un mundo trepidante de maravillosas aventuras imaginarias, fantasías sexuales y terribles pesadillas, en el cual «su» querido y tranquilo Mijael nunca logrará penetrar. Como telón de fondo de esta magnífica novela psicológica, la silueta de una ciudad, Jerusalén, en los años cincuenta, sobre la que aletea el espectro de la guerra.

Escritura no creativa

Atractivo salón de la librería de la calle Honduras.

Libros recomendados por una Editorial. 
Esta vez iniciamos con los libreros de Eterna Cadencia

Escritura no creativa, de Kenneth Goldsmith, publicado por la editorial Caja Negra en su colección “Futuros Próximos”, es una apuesta a la escritura indisociable en los tiempos que corren de las nuevas tecnologías y la impronta de las artes visuales.
Lejos de la idea del poeta o escritor iluminado, Goldsmith abre el juego a prácticas tales como la programación o la búsqueda en Internet: cortar y pegar es una de las consignas de una propuesta a la que denomina escritura no creativa, en realidad, es heredera de las viejas técnicas que usaban las vanguardias, pero que encuentra actualización en las nuevas formas de almacenamiento de información, listados, bases de datos.
Porque, si capturar, coleccionar, montar y transportar textos son operaciones fundamentales a la hora de la escritura, también son parte de una familia que se remonta a la recopilación y las notas en textos como el Libro de los pasajes, de Walter Benjamin o en los juegos lingüístico-matemáticos de Oulipo o la literatura de George Perec. Claro que todas estas cuestiones ponen en el tapete y problematizan, una vez más, ideas como la figura de autor, la originalidad, las diferentes formas de apropiación.
Kenneth Goldsmith, poeta y ensayista, es el creador de un sitio, UbuWeb, un archivo virtual llevado adelante por voluntarios, lanzado en 1996 y que comenzó como un canal de difusión gratuito de poesía y terminó por convertirse en un importante referente a la hora de divulgar la producción de las vanguardias para compartir su valor histórico y artístico.

martes, 20 de octubre de 2015

Revistas de literarias

El grillo canta en continuado

Rescate. Entre 1959 y 1986, Abelardo Castillo publicó tres revistas literarias emblemáticas. Liliana Heker, Sylvia Iparraguire y Sylvia Saítta evocan y analizan este legado, ahora en edición facsimilar de la Biblioteca Nacional.

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por Sylvia Saitta
Hace menos de diez años, aparecía el libro Animales fabulosos. Las revistas de Abelardo Castillo , editado por Elisa Calabrese y Aymará de Llano, corolario de la investigación de un equipo de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Además de textos críticos sobre las revistas de Abelardo Castillo y sus índices, incluía un CD con las tres revistas digitalizadas, subvencionado por la Fundación OSDE. En su introducción, Calabrese afirmaba, con razón que el costo de una reproducción facsimilar de las revistas era una empresa imposible. Pero el tiempo pasa; hoy contamos con la magnífica edición facsimilar en cuatro tomos, de las tres revistas dirigidas por Castillo: El Grillo de Papel , El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco , realizada por la Biblioteca Nacional que, a lo largo de estos años –y esperamos que así siga–, lleva editados treinta y siete facsimilares de publicaciones culturales argentinas.
Los tomos están precedidos por un “breve recuerdo” de Horacio González como lector deEl Grillo de Papel ; un artículo en el que Elisa Calabrese da cuenta de los principales rasgos de esas revistas; y una entrevista al propio Castillo cuyo título, “La literatura como fundamento”, describe, con particular precisión, la base y el centro del proyecto que, con sus diferencias, se escandió entre septiembre de 1959 y agosto de 1986.
En este sentido, la edición conjunta de las tres colecciones permite leer, como en un bajo continuo, las constantes que se mantienen aun cuando cada una de ellas intervino en diferentes momentos político-culturales y presenta rasgos propios. La continuidad explícita es la elección de los títulos. Hay un grillo, un escarabajo y un ornitorrinco: si los dos primeros son insectos imaginarios, porque el grillo es de papel y el escarabajo, de oro; el ornitorrinco, por su propia rareza, es un animal casi de fantasía. Seres ficticios e ilusorios que, como la literatura misma, se inscriben en una tradición que los precede –el poema “El grillo”, de José Pedroni; “El escarabajo de oro”, de Edgar Allan Poe–, o dialogan, de modo oblicuo y cifrado, con la ominosa realidad de los tiempos de la dictadura: “no es casual que esta revista se llame El Ornitorrinco –afirma Abelardo Castillo en su primer número de octubre/noviembre de 1977–: dejando momentáneamente de lado la etimología (ornitzos-rigxsos, que significa algo así como pico de pájaro y que forzando un poco las cosas podría pasar por una metáfora del poeta), el ornitorrinco es más bien un animal imposible. Una especie de cuis con hocico de pato, un mamífero que pone huevos y tiene las patas delanteras palmeadas, que no es anfibio pero le falta poco y que, dejando de lado al equidna (otro que no es lo que se dice una belleza), parece no tener familia en esta tierra. Es el Don Quijote de los bichos, es especie única”.
Una segunda línea de continuidad es la presencia de Jean-Paul Sartre como la gran figura del intelectual comprometido. Desde uno de los primeros números de El Grillo de Papel –cuando reproducen la entrevista realizada por Jacques Allain Miller a propósito del éxito de Los secuestrados de Altona en París–, hasta la muerte de Sartre en abril de 1980, las revistas de Castillo publican numerosísimos textos de Sartre. Reproducen entrevistas de otras publicaciones, reseñan sus libros y transcriben sus polémicas. El aspecto más destacado es el de Sartre escritor –“ningún otro escritor de nuestra época consiguió cifrar como él, en escritura y actos, el tiempo que le tocó vivir”–, como sintetiza Castillo al dedicarle el editorial de El Ornitorrinco después de su muerte: “Sé que ningún escritor me influyó tanto como Sartre. Porque tampoco hay casi página de esos libros en las que no redescubra una idea que hoy siento naturalmente como mía. Y esto no es una mera acotación personal: es un hecho constatable en casi todos los intelectuales de la generación del 55 y de mi propia generación. Todos, en algún momento, hemos sentido el derecho a discutir con él. Todos hemos saqueado sus libros. Dicho de una vez: nos enseñó a pensar”.
Menos evidente es, quizá, la persistente línea editorial que reivindica, en los apasionados años 60 y 70, la primacía del arte por sobre la política, el compromiso del escritor por fuera de toda bandera partidaria, la libertad de opinar sobre las políticas internas de los partidos de izquierda y del peronismo, y una militancia en contra de la autocensura o “el vigilante en la cabeza”. Porque así como las revistas de Castillo denunciaron los atropellos del Plan Conintes durante el gobierno de Arturo Frondizi y la violencia de los regímenes militares, condenaron, con particular vehemencia, el impacto de esa intimidación estatal en los silencios y las toma de posición de los intelectuales. Así, tras el golpe de Estado contra Frondizi en marzo de 1962, Castillo y Heker denuncian la autocensura y el miedo que se lee en las publicaciones literarias al afirmar que nadie dijo que Miguel Angel Asturias fue preso, a pesar de su enfermedad, en Buenos Aires. O que a Leónidas Barletta, ex presidente de la SADE, lo encarcelaron y que la noticia apareció en la sección policial de los diarios. Pero que esos mismos que callan tienen, en cambio, el coraje para exigirle a Truffaut que se preocupe un poco por Argelia... “La censura –concluyen– será todo lo vituperable que se quiera, pero entre nosotros lo que particularmente da bastante asco, seamos francos, es la autocensura, la demasiada cautela, el andar con un vigilante en la cabeza”. Nuevamente, con el golpe a Arturo Illia en junio de 1966, Castillo retoma esos términos –“Hay algo peor que la censura: la autocensura. El vigilante en la cabeza. La censura sólo contamina al inquisidor, lo rebaja o (como con frecuencia ocurre) lo ridiculiza; la autocensura lo envilece a uno”– para denunciar que si a partir del golpe se vio “cuán educadamente adverbiamos y adjetivamos los escritores conformistas y rebeldes, la SADE y los poetas locos”, a partir de la intervención de la universidad pública en la Noche de los Bastones Largos “sí que no hay excusas. A tres meses de dormir sobre la carona, abstenerse, no opinar, siendo escritores, me parece un acto de auto-destrucción. O de mala fe. Peligroso para lo que es nuestro territorio y nos incumbe: el porvenir de nuestra cultura”.
“Un grillo manso que te quiere”
El Grillo de Papel nació, como suele suceder con muchas revistas de izquierda, de una polémica: la que Abelardo Castillo y Arnoldo Liberman sostuvieron con la ortodoxia del Partido Comunista representada por la revista Gaceta Literaria, de Pedro Orgambide. La leyenda cuenta que una noche, el grupo disidente que integraban Castillo, Luisa Pasamanik, Oscar Castelo, Víctor García Robles, Humberto Costantini, caminaba por Callao mientras conversaba sobre los posibles nombres para una nueva revista; uno llevaba un libro de José Pedroni, otro propuso “El grillo”, y Castillo, o quizá García Robles, gritó “de papel”. Esa misma noche –cuenta Castillo–, Liberman recibió un telegrama que decía: “Acaba de ser fundado El Grillo de Papel ”. Su primer número salió a la calle el 28 de septiembre de 1959 dirigido por un Consejo Directivo integrado por Castillo, Liberman, Oscar Castelo y Víctor E. García. Pronto se sumarían Liliana Heker, como secretaria de redacción, Betina Duret, Susana Isod, Hugo Kusnetzoff como colaboradores inmediatos. El epígrafe –“Gris es toda teoría y verde el árbol de oro de la vida. Goethe”– anunciaba la primacía de la ficción sobre toda teoría política: “ El Grillo de Papel ha de ser, casi esencialmente, una revista para quienes la literatura es, antes que otra cosa, una actividad creadora. Estamos convencidos de que, para esclarecer su posición ante la vida, el escritor no necesita recurrir a la efusión panfletaria o al deliberado puntillismo de un ensayo académico (...)”.
Esta preeminencia de lo literario por sobre la política permite el acercamiento en ese entonces casi imposible entre una revista de izquierda y Jorge Luis Borges: en su primer número, El Grillo de Papel reproduce unos versos que dicen “En el cuerno salvaje de un arco iris/ clamaremos su gesta/ como bayonetas/ que portan en la punta las mañanas” y pregunta: “¿Quién es el autor de estos versos y cuál el título del poema?
El Grillo de Papel premiará con una suscripción a las primeras cinco respuestas correctas”. En el número siguiente, y para sorpresa de muchos, se informa que los versos pertenecen al poema “Rusia” de Borges; de más está señalar que la revista recibió una sola respuesta correcta... Esa tímida y a la vez provocativa primera incorporación de Borges en la revista se explicita en las polémicas sobre literatura y política que El Escarabajo de Orosostendrá a lo largo de los años 60. Y se cierra en el último número de El Ornitorrinco de agosto de 1986, cuando publica “Una oración” de Borges como homenaje al escritor recientemente fallecido.
Y en efecto, el rasgo distintivo de El Grillo de Papel es la de ser principalmente una revista literaria. En sus páginas se publicaron cuentos y poemas de jóvenes y no tan jóvenes escritores y poetas argentinos y extranjeros. Ya su primer número traía en tapa “El marica”, primer cuento de Castillo; le siguieron “El pacto” de Adelaida Gigli; “Informe sobre ciegos” de Ernesto Sabato; “Una hermosa familia” de Beatriz Guido. Publicaron poemas de Arnoldo Liberman, Nicolás Guillén, José Portogalo, Rodolfo Alonso, Nina Cortese; relatos de Julio Cortázar, Humberto Costantini, Liliana Heker; reportajes a Luis Franco, Angel Rama, Juan Goytisolo; reseñas de nuevos libros; comentarios sobre cine, teatro y artes plásticas.
Su segundo rasgo, como lo será también de El Escarabajo de Oro , es la incorporación del humor y la sátira en secciones como “Grillerías”, “Bicherías”, “Marginalia”, “Cazando grillos”, “El quiosco del grillo”, en las que se critica a los otros, se transcriben notas breves sobre política, cultura o literatura, se interviene en el presente político y cultural a través de un humor que remite tanto a los juegos verbales de Cortázar como también a la tradición del “Parnaso satírico” de la revista Martín Fierro de los años 20, y “Recontra”, la contratapa de Contra , la revista de los franco-tiradores, de Raúl González Tuñón en los 30. Así, convivían en montón “modernas reflexiones sobre música, Hitler, genética, arquitectura, Beethoven, los inodoros, el sentido de la vida”.
El Grillo de Papel salió un solo año: después de su sexto número en noviembre de 1960, la censura implementada por el Plan Conintes ordenó el cierre de Stilcograf, donde se imprimían la revista de Castillo y varias revistas más – Gaceta Literaria , Fichero ,Cuadernos de Cultura , Cuatro Patas – que también fueron clausuradas.
“¡El escarabajo! Su color es de oro brillante”
Distinta fue la suerte de El Escarabajo de Oro , cuyos 42 números se publicaron entre mayo de 1961 y septiembre de 1974. Los primeros conservaron el mismo epígrafe que El Grillo de Papel . Figuraban Castillo y Liberman como directores; Heker como secretaria de redacción, y Hugo Kusnet-zoff, Ricardo Alventosa, Horacio Salas, Marcos Silber, Alberto Lagunas, Bettina Duret, Susana Isod, Alicia Laroche, Luis M. Sánchez, Eduardo Barquin como colaboradores. Sin presentación formal, un recuadro de la sección de misceláneas titulado “Cripto-editorial”, apuntaba la continuidad: “Cualquier semejanza del Escarabajo con algún otro coleóptero, vivo, muerto o de papel, es puramente casual. ¿O no? NOTA: esconda usted esta revista; es subversiva”.
Se trata de la revista más importante que dirigió Castillo. Caja de resonancia de las principales polémicas sobre arte y política que atravesaron los años 60; espacio de difusión de la nueva literatura y crítica argentinas; ámbito de cruce de la cultura nacional con el arte y los debates internacionales, supo desplegar en todas sus facetas las líneas abiertas por El Grillo de Papel y anunciar, a su vez, las estrategias que permitieron la publicación de El Ornitorrinco en los peores años de la última dictadura militar.
Si bien se propuso sostener el predominio del arte por sobre la política –“No respondemos a otras directivas que no sean, equivocadas o no, la de nuestra conciencia y la del ÚNICO compromiso que aceptamos: el de escritores”–, los editoriales de Castillo posicionaron políticamente a la revista y fueron marcando sus tiempos. Su primer momento se cierra después del golpe de Estado a Frondizi de marzo de 1962: al número 6, que sale en abril, le sucede el número 13, que aparece en mayo; el cambio en la numeración buscaba sostener la continuidad con El Grillo de Papel , a la vez que anunciaba el retiro de Liberman de la dirección de la revista. Desde ese número 13, Abelardo Castillo asume la dirección y cambia su epígrafe: “Di tu palabra y rómpete. Nietzsche”, alude al silencio que siguió a la caída de Frondizi y la intervención a las provincias. Esa segunda etapa se cierra con el número 40 de octubre de 1969; el número 41, publicado en noviembre de 1970, da inicio al último round de la revista. Porque El Escarabajo de Oro vuelve, después de un año sin salir, para dar una pelea: la de proclamar que una revista literaria todavía era posible aun cuando la postura mayoritaria de los escritores sostenía que había que renunciar a la literatura para pasar a la acción: “Hace poco tiempo –escribía Liliana Heker en ese número– un amigo nuestro que hoy vive en París manifestó rotundamente que renunciaba a toda su obra literaria. ‘Narrar’, dijo en un diario, ‘ya no tiene sentido’. Tenía 22 años, había publicado un solo cuento en su vida (...) Hace pocos días, Ricardo Piglia declaró en una mesa redonda: ‘El cuento es un género reaccionario’. Toda la obra de Piglia, hasta hoy, es un libro de cuentos. Bien, ahora me pregunto yo: a qué vienen estos cuestionamientos a ‘la’ literatura desde la literatura. (...) Todo esto y lo que haga falta lo discutirá la revista a partir de este número. Somos escritores y aspiramos a una sociedad menos arbitraria que la que nos tocó vivir (...) Por todo esto, y contra todo aquello, volvemos a sacar El Escarabajo ”. Se inicia así su última etapa, bautizada por la propia revista como “su etapa polémica” porque incorporó varias controversias que atravesaban el campo cultural y político: desde la polémica de Ernesto Sabato y David Viñas, el cruce entre Sabato y el Che Guevara, o la discusión entre Marta Lynch y los directores de Nuevos Aires, hasta el caso Padilla, los vínculos entre la izquierda y el peronismo, o la lucha interna entre la izquierda y la derecha del peronismo.
“El ornitorrinco tiene dos enemigos: los gusanos y las ratas”
En una de las noches negras de la última dictadura militar, apareció el primer número deEl Ornitorrinco. Revista de literatura . Fue en noviembre de 1977 y figuraban como redactores: Abelardo Castillo, Daniel Freidemberg, Irene Gruss, Liliana Heker, Sylvia Iparraguirre, Berdo Jobson, Cristina Klein, Ana de Llosa, Laura Nicastro, Elia Parra, Cristina Piña, Julia Sancho, Enrique D. Zattara. En su nota de apertura, Castillo hacía referencia al nombre de la revista para vincularlo a sus dos anteriores publicaciones –“nuestro ornitorrinco, sus desiguales partes, dan quizá la impresión superficial de no estar muy bien pegadas, pero el Ente en sí, considerado como totalidad, tiene su pasado. No somos milenarios, pero tenemos historia. La más reciente serían las revistas literarias de los años 60”– y destacaba lo que parecía imposible: que 1977, con Pluma y Pincel , Puro Cuento , Diálogo , Posta Nº 2 , Escritura , Athenea , Contexto , Pájaro de Fuego ,Megafón , Literal , Expreso Imaginario , Aquario , indicaba “una resurrección de la literatura de revistas”: la resistencia cultural era posible.
“Este es el tiempo que nos tocó vivir, ésta es la tierra que asumimos y es acá donde tenemos, nosotros, que hacer nuestra historia. Y la historia de todos los pueblos demuestra que el arte no espera una situación favorable: aparece como sea y contribuye a crearla” decía la revista en febrero de 1979; “Este es nuestro país, tanto como el de cualquier otro argentino, ésta es la única Historia que vamos a vivir. Hemos elegido vivirla desde adentro, no desde París o Roma”. Este es, quizá, el aspecto más sobresaliente y más conocido, de la historia de El Ornitorrinco , porque allí donde tuvo lugar la muy citada polémica entre Cortázar y Heker sobre la resistencia cultural, el exilio, los vínculos entre los que se quedaron y los que se fueron. Pese a la censura y el control, en noviembre de 1978, El Ornitorrinco sentó su posición contraria a la guerra con Chile, y en febrero de 1981 reprodujo las dos solicitadas de Madres de Plaza de Mayo publicadas en algunos diarios en agosto y diciembre de 1980, en las que se pedían las listas de los desaparecidos y la información sobre su paradero. Fue la única revista cultural que, en ese momento, se animó a tanto.

Sylvia Saítta es investigadora del Conicet, docente de la UBA especializada en literatura argentina.

martes, 22 de septiembre de 2015

Una de las hacedoras del boom literario

Muere Carmen Balcells, la gran agente literaria en español

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“Yo soy un diamante en bruto, soy una lectora pedestre, una analfabeta”, solía decir de sí misma. Nada más alejada de la realidad: era otra de las calculadas argucias que pergeñó, a lo largo de las casi seis décadas durante las que construyó su agencia literaria, de las más potentes del mundo y que cambiaron para siempre la situación de inferioridad del escritor en el mercado editorial. Fue sin duda la artífice del boom literario latinoamericano, al proteger a entonces semidesconocidos como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa para que se preocuparan solo por escribir. La apasionada, discreta y contradictoria Carmen Balcellstenía razón en una cosa: era dura como el diamante, lo que explica que estuviera hiperactiva y al frente de su imperio literario hasta la noche del domingo, cuando falleció a sus 85 años.

Una visita de un empresario brasileño que quería hallar un editor en portugués la llevó a conocer al rumano Vintila Horia, que tenía una agencia literaria en Madrid, ACER. Ella le haría la representación en Barcelona. Cuando el escritor ganó el Goncourt y se instaló en París (1960) se quedó con su cartera de autores y se instaló por su cuenta. La relación con el poeta Jaume Ferran le permitió ver la literatura por otro lado: la entonces seminal ventana de Seix Barral de los Carlos Barral, Josep Maria Castellet, Jaime Salinas y, sobre todo Joan Petit, “la persona de la que más aprendí en mi vida, junto, años después, con Nélida Piñón, vital para mi formación intelectual y para mi confianza”, confesaba.Todo lo que fue lo apuntaba ya de pequeña, mayor de cuatro hermanos criados en las curtidoras y áridas tierras de Santa Fe de Segarra (Lleida) donde nació en 1930, en una familia modesta, de un padre inculto pero de una inteligencia que heredó y de una madre refinada que la obligó a estudiar peritaje mercantil —se graduó llena de matrículas de honor en 1949— por si se arruinaban. Y así fue: trabajó de secretaria del gremio textil de Terrassa.
El mito se forjó pronto: tras estudiar como una entomóloga el sector editorial, vio un campo prácticamente virgen si se ponía a defender los intereses de los escritores, en especial los de aquellos que creía que tenían valía literaria y no podían dedicar todas sus energías a ello por tener que preocuparse de cuestiones materiales. Así captaría a su último Nobel, Vargas Llosa: leyéndole, yendo a buscarle a Londres y ofreciéndole de su bolsillo (préstamo mediante) los 500 dólares que necesitaba mensualmente para dedicarse tan solo a escribir y a acabar una novela, que sería Conversación en la Catedral. Se ganó así una amistad de acero.
El escaso dominio del inglés la abocó a leer todo lo que pudo en castellano y en especial de escritores de América Latina, por donde en 1965 hizo un periplo contactando con la mayoría de los que conformarían el boom. Una mina. Ahí contactó con García Márquez, con unos inicios no muy prometedores: cuando, ufana, le dijo que le había conseguido un acuerdo con la norteamericana Harper & Row para que le publicara en inglés por 1.000 dólares, le espetó el autor colombiano: “Es un contrato de mierda”.

Lograrlo todo

Parecía conseguirlo todo: desde folios para que escribieran, a buscar colegios para sus hijos y organizar fiestas de aniversario pasando por buscar médicos especialistas o incluso adelantar un préstamo para que Ana Maria Matute pudiera comprarse un piso. Pero no solo era cuestión de factor humano: fue una pionera en su sector, implantando las cláusulas de cesión por tiempo limitado de derechos y dividiéndolos a partir de derechos electrónicos o por adaptaciones al cine o al teatro o televisión. Los editores la temían.
Lo podía controlar todo porque todo lo anotaba en unos ya míticos cuadernos de hojas amarillas cuadriculadas. Esa misma inquietud y afán la llevó a fundar en los setenta RBA, hoy una gran editorial. Luego optó por quedarse con su agencia y sus autores, haciendo deMamá Grande, como la bautizaron parafraseando un libro de Gabo. Y creó una superagencia, que llegó a tener cuatro decenas de trabajadores. La nómina a los que ayudó supera el centenar de nombres, con seis premios Nobel entre ellos: García Márquez, Vargas Llosa, Cela, Miguel Ángel Asturias, Vicente Aleixandre y Neruda, y autores como Cortázar o Manuel Vázquez Montalbán. Ese catálogo fue su mayor gloria y, en estos últimos años, su pesadilla puesto que sobre él acecharon muchos competidores.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El autor de 'El Aleph engordado'


“Escribí una obra, no una versión corrupta de Borges”

El autor de “El Aleph engordado” recuerda que era Borges quien sostenía que siempre se escribe sobre otros textos precedentes.
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Es autor de diez libros, varios de ellos traducidos, pero no le gusta presentarlos ni busca entrevistas. Sobre las declaraciones de su retadora, acerca de que él buscó montarse en la fama de Borges, le resultan deprimentes: “Hacerle un juicio penal a un escritor y luego salir a decir que solo busca publicidad...”. Desde que afronta la querella de María Kodama en torno a El Aleph engordado, destaca Pablo Katchadjian, no dio notas sobre el tema, esperando que la Cámara de Casación lo sobreseyera o que la viuda de Borges desistiera del proceso. Y sobre la oportunidad perdida de zanjar la disputa con un perdón formal y un peso simbólico –la "libra de tinta”, para citar El Mercader de Venecia–, sostiene que no fue la única condición para cancelar la amenaza de un segundo juicio civil. El reivindica su obra como “un trabajo formal, no temático, que reelabora las tensiones que hace de por sí la literatura”.
–¿Cuál juzgás que es tu aporte?
–Vuelve literal la cuestión básica de que siempre se escribe sobre otros textos precedentes. Eso decía César Aira al escribir sobre el libro, antes de que se iniciara la querella. Y no es casual la elección de Borges y de El Aleph; es el autor que puso esto en primer plano. Seguimos dos estrategias en mi defensa (a cargo del abogado y también escritor Ricardo Strafacce): la primera es que no existió dolo, es decir, afán de lucro. La segunda es que era una obra, un libro, no una versión corrupta del original. Claramente, esto no es Borges.
–Por un lado, la historia de la literatura te asiste: toda creación es una relectura. Pero la Justicia ha dicho que hay “defraudación”, es decir, plagio. Algunos señalan que el agujero, tan luego, está en la legislación sobre derechos de autor.
–El planteo de la querella que lleva mi libro a juicio supone que no es un libro mío ni un texto, sino una obra de piratería, un texto deformado, que no hay transformación.
–Se imprimeron 200 ejemplares del libro y no se reeditó; solo quedó en Internet. ¿Por qué?
–De hecho, cuando empezó el juicio ya no quedaban ejemplares impresos. Es que nunca tuve la idea de publicar el libro.
–Si existiera un compás de “clemencia” de parte de Kodama, ¿aceptarías hoy pagar la “libra de tinta” en forma de un peso simbólico?
–No fue tan así como cuentan. Para desistir de la causa civil de reclamo económico, me exigían que asumiera los honorarios. El peso simbólico no cubría esos gastos, aunque ahora digan lo contrario.
M.S.

martes, 7 de julio de 2015

Jorge Alvarez , Editor


Murió Jorge Alvarez, el editor que revolucionó los años 60

Tenía 83 años
Publicó a Rodolfo Walsh, Manuel Puig, Ricardo Piglia y Quino. Como productor musical impulsó a Manal, Almendra y Sui Generis.

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por Julieta Ruffo
Cuando Jorge Alvarez era chico, alentaba en el Monumental a La Máquina, esa aplanadora que fue River en los años 40. La sastrería paterna pagaba choferes y chalets, y Alvarez soñaba con ganarse la vida jugando al póquer, al fútbol o apostando en el hipódromo. En su familia lo querían contador pero, poco atraído por los números, empezó a trabajar en una librería jurídica que también editaba libros. Cuando le dijeron que no a su idea de publicar una biografía de Eva Perón escrita por David Viñas, supo que el mayor activo de cualquier editor es su catálogo. Así que en 1963 fundó Editorial Jorge Alvarez y empezó a convertirse en uno de los gestores culturales –primero en el mundo de la literatura, después en el de la música– más importantes de los años 60 y 70 en la Argentina. Durante la madrugada del domingo, a los 83 años, Alvarez murió en el Centro Gallego luego de una internación de tres semanas.

Fue protagonista porque, tan atraído como por las carreras de caballos, apostó fuerte en el mundo literario: la biografía a cargo de Viñas no llegó a editarse, y su sello debutó con Cabecita negra, de Germán Rozenmacher. Entre 1963 y 1968, publicó Los oficios terrestres, de Rodolfo Walsh; La traición de Rita Hayworth, primera obra literaria de Manuel Puig; Responso, la primera novela de Juan José Saer; Invasión, que compiló los primeros relatos de Ricardo Piglia; yLos pollos no tienen sillas, el único de libro de Copi que salió en Argentina mientras el autor estuvo vivo. Fue Alvarez quien convenció a Quino de que las tiras de Mafalda se compilaran en libros, y el primero en editarlas; quien se reunió con Roland Barthes para publicar en español El grado cero de la escritura y quien logró que, en las librerías, los compradores preguntaran por el nombre de su editorial más que por el de los autores.

Mientras la editorial aumentaba su fondo, Alvarez le propuso a Daniel Divinsky que abrieran otro sello y en 1966 se fundó De la Flor. Por eso años, era el centro de las reuniones literarias que se celebraban en la librería él que dirigía en Talcahuano 485: “Era un semillero. Te encontrabas con Viñas, Marta Lynch, Pirí Lugones, Beatriz Guido. Willie Schavelzon era una especie de mano derecha de Jorge”, decía ayer Kuki Miller, una de las directoras históricas de De la Flor. Schavelzon, hoy uno de los agentes literarios más reconocidos de Hispanoamérica, reflexionó: “Fue un gran innovador de la edición en la Argentina, por momentos genial. Lo triste es que no pudo sostener el proyecto, su creatividad no iba acompañada de la estabilidad y el respeto que hubieran merecido los autores, traductores y colaboradores de la editorial. Fue el primero en publicar a Walsh, Saer, Piglia, Quino y Manuel Puig, pero no pudo mantenerlos más que por un corto tiempo”.

Es que la vocación de Alvarez por dedicarse enteramente a la literatura fue intensa y también corta: en 1968 se volcó a la industria discográfica. Fundó Mandioca, el primer sello independiente del rock argentino, desde el que impulsó a Manal, Almendra, Sui Generis y Pappo’s Blues, nada menos. Puso su cuerpo como actor en Puntos suspensivos, la película que Edgardo Cozarinsky dirigió en 1971. En 1977 le advirtieron: “Estás creando una juventud contestataria”. Dictadura militar mediante, se exilió en España, y allí vivió hasta 2011. Ya de vuelta en Buenos Aires, editó una colección con su nombre para la Biblioteca Nacional: se publicaron las obras completas de Germán Rozenmacher yTres historias pringlenses, de César Aira. En 2013, el editor y productor devino autor, cuando se editaron sus Memorias.

Ayer, en la Biblioteca Nacional, empezó el velatorio de este promotor cultural: continúa hoy entre las 8 y las 10. “Jorge Alvarez fue el editor más revulsivo e imaginativo de los sesenta: con él se iniciaron muchos autores de la Argentina hoy consagrados”, reflexionó Horacio González, director de la institución. Hablaba de un hombre al que alguna vez le preguntaron cuál había sido su secreto para diferenciarse como editor y respondió: “Arriesgarme, simplemente”. Como hacen los apostadores.